Y acá estoy yo otra vez, aunque mis escritos sean esporádicos mi cabeza intenta mantener cierto orden de recuerdos pero siempre es importantísimo plasmarlos en papel (o en word), sino se los lleva el viento y realmente estoy viviendo el mejor verano de mi vida como para olvidar algún detalle, por mínimo que sea. Ayer empezó la aventura, llegamos a aeroparque a las 17.00 hs, dos horas antes de la partida de nuestro vuelo, paseamos un buen rato por el free shop del aeropuerto, merendamos en Havanna y subimos al avión con la panza llena y el corazón más que contento. El viaje estuvo de diez, escuchamos música, nos reímos y nos sacamos selfies viajeras. Arribamos en Bariloche a eso de las 21.45hs mientras el comisario de abordo nos daba la alegre bienvenida a la ciudad, retiramos nuestro equipaje (que por cierto vale aclarar que es MUCHO) y nos subimos al taxi rumbo al hotel que nos hospedaría una noche para partir a Villa la Angostura la mañana siguiente. Llegamos, dejamos las valijas y huímos en busca de comida (sí, más comida). Caminamos un poco por el centro de la ciudad y nos decidimos por un restó simpático de comida italiana, ofrecían varios menúes, muy tentadores, así que optamos por entrar y degustar los platos. Durante la cena hablamos sobre el trabajo, la sociedad, y en síntesis la vida misma, cenamos riquísimo y partimos en busca de chocolate para empalagarnos antes de dormir. Rapa nui nos regaló los más deliciosos sabores, como siempre, y ahora sí listos para dormir y reponer energías.
El lugar era un sueño, de esos que se ven sólo en las películas y uno jamás tiene la certeza de si existen o no, porque son demasiado perfectos (y lo perfecto es, por ende, irreal). La vegetación, las montañas decorando el paisaje a lo lejos del sendero, el lago con el agua del mismo color que el cielo, el aire puro, la naturaleza más viva que nunca... todo eso completaba la ilusión y me generaba la duda de si estaba en estado somnoliento o de vigilia. Los árboles eran altísimos, las copas de cada pino rozaban las nubes, les hacían cosquillas. El color de las hojas era verde musgo, ese repleto de vitalidad y tan característico del sur de la Argentina. Las montañas con las cimas blancas a razón de la tan conocida "nieve eterna" esa que esta ahí siempre, que no se derrite, que nos hace creer por un rato que hay algo que sí perdura en el tiempo.
La magia de la noche era indescriptible, me encantaría inventar nuevas palabras para poder describir con más fluidez la magnificencia del lugar. El cielo me regalaba cientos de estrellas que brillaban fuertístimo, con una energía que encandilaba. Miraba para arriba y veía la sombra de los árboles y las estrellas abrazando esa escena única, era un lujo, un placer de la vida, una caricia al espíritu.
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